viernes, 13 de diciembre de 2019
Sangre por sangre, historia de brujas
jueves, 12 de diciembre de 2019
Relatos de Skinwalkers: El devorador de carne cruda
Nací en una época donde cosas como el internet o los teléfonos celulares no existían, las televisiones que existían eran en blanco y negro, y tan caras que pocos hogares podían darse el lujo de tener una. Pero, aun con ello, la vida tenia otro ritmo, mas tranquila, no escuchaba de tantos crímenes como hoy en día, o quizás por la falta de comunicación, no se sabia de ellos con tanta facilidad.
Yo vivía en el campo con mis
cuatro hermanos y mis padres, en aquel entonces era común que las familias
fueran numerosas, pues a mayor numero de personas, más producción tendría la
tierra. Mi padre había heredado unas parcelas que con ayuda de nosotros sus
hijos, trabajaba. De tal modo que mis hermanos mayores de diecisiete y catorce
años, le ayudaban a arar la tierra, y ordeñar las vacas, mi hermana de seis
años ayudaba a mi madre con las labores del hogar, y mi hermano menor de cuatro
años ayudaba a todos en lo que pudiera, y yo, que en aquel entonces tenia diez
años, tenia la labor de llevar a las ovejas y las vacas a pastar.
Todos los días salía temprano
rumbo al monte con el cielo aun oscuro y la luna visible, siempre acompañado de
un cayado, un machete y un sombrero, llevaba a las ovejas y a las vacas a
pastar.
En el camino siempre me
encontraba con otro niño que llevaba un rebaño de cabras a pastar, este niño
que seria un par de años mayor que yo, tendría once o doce años, no sé, pero
era muy simpático e incluso fue parte de mi grupo de amigos. La mayoría de las
mañanas nos encontrábamos en el camino y nos íbamos juntos al monte, yo me
quedaba en una zona con mis animales y el se iba a otra, dependiendo del tamaño
ganado nos distanciábamos, pero al terminar volvíamos juntos por el camino
hacia nuestras casas.
Un día se me ocurrió jugarle una
broma, llevamos a pastar a los animales al sitio de siempre, yo me quede con
mis ovejas y vacas y él se fue a otra zona con sus animales, en cuanto vi que
se alejó, deje a mis ovejas y me dispuse a seguirlo, pensaba ocultarme detrás
de algunos matorrales y asustarlo, lo seguí a una distancia prudente, vigilando
el rebaño. En cuanto se detuvo me escondí entre los matorrales, no veía al niño
por ningún lado, pero suponía que estaría sentado en alguna parte vigilando a
su ganado.
Camine de cuclillas con mucho
cuidado, cuando de pronto escuche un ruido, un ruido muy característico y que
jamás podre sacar de mi cabeza, el ruido de huesos al quebrarse. Me puse alerta,
saque mi machete y camine con cuidado hacia donde provenía el ruido, preparado
para encontrarme con un coyote, un zorro, o hasta un lobo o un lince.
Pero cuando llegué hasta donde
aquella cosa se alimentaba, no me encontré con un lince o un lobo, era una
criatura infernal, era como un perro pastor alemán, enorme y de color castaño,
pero tenia brazos y piernas humanas, se estaba alimentando de una vaca muerta,
sujete el machete con fuerza, pensando en que hacer, pero antes de poder
decidir entre atacar o huir vi que ese extraño ser cambiaba y se convertía en
un niño, el mismo niño que me acompañaba día con día a pastorear.
No se como evite gritar, pero me
logre retroceder sin hacer ruido, muy lentamente, sin saber como llegue hasta
el rebaño de mi amigo, me tope con una cabra que se estaba alimentando, y eso
me hizo reaccionar, salí corriendo entre los animales con rumbo hacía mi
rebaño, tome mis cosas y apure a los animales, pero entonces escuche la voz de
mi amigo, llamándome.
Me giré lentamente, y lo vi de
pie, con su ropa puesta, limpio, no había rastro de sangre, de la bestia.
— ¿Estas
bien?, te vez asustado. —Dijo.
— Estoy
bien —le respondí. —es que vi una serpiente y me asuste.
Supongo que me creyó, primero
porque sigo vivo, y luego porque regresamos juntos a casa, como hacíamos cada
vez que llevábamos a los animas a pastar. Fueron las horas mas angustiantes de
mi vida, mientras recorría el campo acompañado de un monstruo. Recuerdo con
espantosa claridad el rostro del que creía mi amigo, el miraba hacia el frente,
masticando unas semillas, en el camino me ofrecio algunas, y vi sus ojos, eran
cafes, como los míos, ojos inteligentes, ojos de humano en una criatura que no
era humana.
Acepte las semillas, aunque
temblaba de miedo, el ni siquiera se inmuto, siguió caminando y masticando.
En cuanto llegamos al punto donde
cada quien se iba para su casa, deje que el se fuera primero, diciendo que
tenia que contar a mis animales, porque sentía que me faltaba uno, el me
preguntó si quería que me ayudara, le dije que asi estaba bien, entonces se
despidió, y se fue con su rebaño.
No le perdi de vista mientras
caminaba por el sendero que dirigía a su casa, una vez que el último de sus
animales salió de mi campo se visión, hice caminar al ganado y fui a casa,
vigilando a todo momento mi alrededor, los borregos no dejaban de hacer ruido,
no se, si también sentían miedo, o si solo era mi nerviosismo.
Desde aquel día nunca más volví a
salir con ese niño, comencé a salir más tarde, o ir a otros lados a pastorear,
después de todo, el miedo perduraba, y de preferencia iba acompañado de alguno
de mis hermanos.
Mentiría si dijera que después de
aquel encuentro me sentía perseguido, la vida siguió normal, pero desde ese
momento, cada animal muerto, lo vi con otros ojos, y comprendí que los aullidos
de las noches no eran de coyotes o lobos, si no de esa cosa.
El diablo vive en el campo, y se
alimenta de carne cruda.

