Cuando era niño vivía en la
Colonia del Sol en el Estado de Queretaro, justo en la avenida donde esta la escuela
primaria. En aquel tiempo las canchas de basquetbol y futbol al lado de la
escuela estaban muy descuidas y la iglesia aun no estaba construida, solo era una carpa metálica.
Mis padres eran muy conocidos en
la colonia, ellos conocían a todos los vecinos, yo en cambio a penas
identificaba a algunos cuantos.
Un dia del mes de enero falleció
uno de los vecinos, Don Ramiro, que vivía en la misma colonia, justo dos calles
después de donde vivíamos nosotros; Yo no lo conocía, pero mis padres si, o eso
supongo, porque fuimos al velorio.
Aun recuerdo aquel día, era cinco
de enero, hacia mucho frio, estaba nublado, y yo estaba muy enojado porque en
vez de ir a ver juguetes y preparar mi carta a los reyes magos estaba en misa
pasando frio, y cuando termino, fuimos a una casa al velorio.
La casa de aquel vecino, Don
Ramiro, era muy grande, bueno, el terreno lo era, la casita era solo dos
recamaras y una sala, claro, con un baño, todo hasta el frente con u gran patio
en la parte trasera.
Recuerdo que todos los adultos
platicaban, lloraban, rezaban, se abrazaban, comían y bebían café.
Había otros
niños, pero yo seguía enojado, y me fue a un rincón de la casa a sentarme,
mientras jugaba con un par de coches de juguete que me habían permitido llevar,
mientras los adultos, incluidos mis padres, estaban en el enorme patio trasero
donde reposaba el ataúd del difunto.
No recuerdo cuanto tiempo paso,
yo diría que horas, pero estaría mintiendo, cuando un hombre de cabello castaño
y corto se me acerco, tenia la nariz chata y los labios gruesos, sus ojos eran
cafés como almendras, me acaricio la cabeza, su mano estaba helada, me miro, sonrió
y con una voz triste me dijo:
“no estés enojado niño, la vida
es muy corta para estar enojado y sufriendo todo el tiempo, créeme, lo he
aprendido por las malas”
El hombre se retiro hacia la puerta de salida,
yo no le preste mucha atención, como dije, estaba enojado por no estar viendo
juguetes, sin embargo lo envidie, el ya se iba.
Paso el rato y me quede dormido, el
dia se había acabado y mis padres seguían adentro, asi que decidí ir por ellos.
Cuando llegue al patio mis padres abrazaban a una mujer, supe mas adelante que
era la esposa del difunto.
A mis diez años no había visto
nunca un ataud, el concepto de la muerte no me era desconocido, hacia tres
meses se había muerto mi gato, pero jamás había visto un cadáver humano, asi
que como vi a mis padres muy ocupados, y yo estaba muy aburrido, me acerque al
ataud, intrigado por aquella hermosa caja de madera oscura en medio de dos
enormes velas de color blanco.
Me acerque despacio, temiendo que
alguien me regañara, pero nadie me prestaba atención.
La tapa del ataud estaba abierta y
asome la cabeza.
Me quede helado.
Aquel difunto era el mismo señor
que me había acariciado la cabeza y que me había hablado.
Me aleje corriendo, sudando frió,
y me aferre a mi madre, ella pregunto por mi actitud, yo le conté todo, que había
visto a ese hombre momentos antes.
La mujer de don Ramiro se puso a
llorar más fuerte, mi padre me miro molesto y me saco de allí, diciéndome que era
muy grosero al bromear con la muerte de Don Rodrigo, pero yo le respondí que no
jugaba, pero no me creyó.
Jamás volví a pasar por nada
parecido, pero aquella experiencia me marco para siempre.
Nadie me cree, pero se lo que vi,
e intento seguir el consejo que el difunto Don Ramiro me dio, hay que
disfrutar de la vida y de tus seres queridos mientras los tienes, porque esta vida,
y nosotros, no somos eternos.

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