sábado, 4 de enero de 2020

Don Ramiro



Cuando era niño vivía en la Colonia del Sol en el Estado de Queretaro, justo en la avenida donde esta la escuela primaria. En aquel tiempo las canchas de basquetbol y futbol al lado de la escuela estaban muy descuidas y la iglesia aun no estaba construida, solo era una carpa metálica.

Mis padres eran muy conocidos en la colonia, ellos conocían a todos los vecinos, yo en cambio a penas identificaba a algunos cuantos.

Un dia del mes de enero falleció uno de los vecinos, Don Ramiro, que vivía en la misma colonia, justo dos calles después de donde vivíamos nosotros; Yo no lo conocía, pero mis padres si, o eso supongo, porque fuimos al velorio.

Aun recuerdo aquel día, era cinco de enero, hacia mucho frio, estaba nublado, y yo estaba muy enojado porque en vez de ir a ver juguetes y preparar mi carta a los reyes magos estaba en misa pasando frio, y cuando termino, fuimos a una casa al velorio.

La casa de aquel vecino, Don Ramiro, era muy grande, bueno, el terreno lo era, la casita era solo dos recamaras y una sala, claro, con un baño, todo hasta el frente con u gran patio en la parte trasera.

Recuerdo que todos los adultos platicaban, lloraban, rezaban, se abrazaban, comían y bebían café. 

Había otros niños, pero yo seguía enojado, y me fue a un rincón de la casa a sentarme, mientras jugaba con un par de coches de juguete que me habían permitido llevar, mientras los adultos, incluidos mis padres, estaban en el enorme patio trasero donde reposaba el ataúd del difunto.

No recuerdo cuanto tiempo paso, yo diría que horas, pero estaría mintiendo, cuando un hombre de cabello castaño y corto se me acerco, tenia la nariz chata y los labios gruesos, sus ojos eran cafés como almendras, me acaricio la cabeza, su mano estaba helada, me miro, sonrió y con una voz triste me dijo:

“no estés enojado niño, la vida es muy corta para estar enojado y sufriendo todo el tiempo, créeme, lo he aprendido por las malas”

El hombre se retiro hacia la puerta de salida, yo no le preste mucha atención, como dije, estaba enojado por no estar viendo juguetes, sin embargo lo envidie, el ya se iba.

Paso el rato y me quede dormido, el dia se había acabado y mis padres seguían adentro, asi que decidí ir por ellos. Cuando llegue al patio mis padres abrazaban a una mujer, supe mas adelante que era la esposa del difunto.

A mis diez años no había visto nunca un ataud, el concepto de la muerte no me era desconocido, hacia tres meses se había muerto mi gato, pero jamás había visto un cadáver humano, asi que como vi a mis padres muy ocupados, y yo estaba muy aburrido, me acerque al ataud, intrigado por aquella hermosa caja de madera oscura en medio de dos enormes velas de color blanco.

Me acerque despacio, temiendo que alguien me regañara, pero nadie me prestaba atención.

La tapa del ataud estaba abierta y asome la cabeza.

Me quede helado.

Aquel difunto era el mismo señor que me había acariciado la cabeza y que me había hablado.

Me aleje corriendo, sudando frió, y me aferre a mi madre, ella pregunto por mi actitud, yo le conté todo, que había visto a ese hombre momentos antes.

La mujer de don Ramiro se puso a llorar más fuerte, mi padre me miro molesto y me saco de allí, diciéndome que era muy grosero al bromear con la muerte de Don Rodrigo, pero yo le respondí que no jugaba, pero no me creyó.

Jamás volví a pasar por nada parecido, pero aquella experiencia me marco para siempre.

Nadie me cree, pero se lo que vi, e intento seguir el consejo que el difunto Don Ramiro me dio, hay que disfrutar de la vida y de tus seres queridos mientras los tienes, porque esta vida, y nosotros, no somos eternos.



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